Salió de su casa. Olvidó las llaves sobre su mesa de noche y las pocas cositas que guardaba para su largo viaje en el tren al desierto.
Cansada de llorar. Bajó torpemente las escaleras, sin cuidado de tropezarse. Sus ojos hinchados como dos higos apenas podían distinguir las palabras que él le dejó escritas detrás de la foto, en el sobre, que el cartero puso dentro del buzón oxidado, tres meses antes. Recitaba ya por centésima vez la nota, a veces adelantándose a lo que leía.
Alba:
Sólo trataba de seguir adelante. ¿Qué tan malo puede ser eso? Inténtalo, sobrevivirás. Es un camino peligroso, te digo, lleno de espinas. Leones, hay muchos, amarillos, con matas largas. Desiertos, largos, para caminar durante días. Muchas maneras para matarse, muchas. Pistolas, navajas, te rodean todo el camino, como invitándote a pasar a su casa. Te ofrecen pan dulce, calor, chocolate caliente. Tentador. Pero déjalo. Llegarás al final, de eso estoy seguro. Paciencia chiquita, el camino es difícil. El vacío en el pecho, será tu mejor amigo. En ése confía, es el que te indicará que pronto vas a llegar. Cuando sientas que ya no aguantas más: vas a la mitad del camino. Supéralo, supéralo. Yo también lloré. Como lagartija, aunque no sé si lloren. Dejé empapadas mis mejillas, cansado el corazón. Claro, me senté a descansar. Sobre una piedra, y esa piedra, aunque no lo creas, decía tu nombre. Y sin darme cuenta seguí caminando. No, no, no. No intentaba alejarme de ti, sólo trataba de seguir adelante. Y aquí estoy, seguro de que tú también lo lograrás. Busca a la mujer de la foto. Aquí te espero.
Sopló el viento, se levantó la tierra, latió su corazón, le creció el cabello y se acabó el cigarro.
Alba, con los pies callosos y la piel morena, iba nuevamente en el tren, entre gallinas, chavos tocando el tambor y un fuerte olor a mota. Tomó prestado un lápiz y comenzó a escribir:
Por el desierto caminé un día, el sol me pegaba duro en la espalda y en la cabeza. Eran las doce, y no encontraba mi sombra por ningún lado. Estaba sola. Alrededor habían cactus, esqueletos de animales muertos, y corazones sangrantes. No quise darles importancia. Me detuve en un oasis donde había una fuente de sodas, tomé varios refrescos de distintos sabores... Un buffet. Y como soy de glotona, me lo tragué todo, no me detuve ni a respirar. Mi panza creció, pero sólo cargaba mi propia vida. Gorda y pesada, seguí mi camino.
A cien metros, una cinta roja, colgada de palmera a palmera, indicaba mi meta. Y junto a ésta, a lo lejos, había una mujer...era yo, otra vez, como un reflejo distante, paciente y emocionada, viéndome caminar. Por la distancia y el calor notaba que mi cuerpo hacía ondulaciones. Parecía que bailaba, festejando mi llegada.
Se me adelantaban los pies, uno al otro, ansiosos de llegar. Y cuando me vi a mi misma frente a frente, como en un espejo, y aspiré mi propio aliento, me volvió la vida. Me abracé hasta que los dedos de mis manos se alcanzaron en mi espalda. Me reí con cansancio. Lo logré. Regreso a casa. Me lo dijiste, me esperarás.
Atardecía. Sentada en el asiento roto, con el viento caliente golpeándole suavemente su cara, sacó el sobre viejo y arrugado de su morral y le dijo al desconocido de junto, mostrándole la foto: “Mira... así era yo, de chavita”.
sábado, 7 de abril de 2007
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