sábado, 7 de abril de 2007

maria del sol me hizo el amor en la nieve

Sandra:

Viajar en camión es peligroso. Aunque me tenso, me preocupo, me da igual. No viajes en autobus. No es la mejor opción. Te doy un buen consejo, pero si no te interesa puedes en este momento apagar la computadora e irte. Amor, esta noche viajaré otra vez. Lejos. No me preguntes dónde, ni me preguntes cómo, no quiero recordar. Te dejo esta carta, la compu prendida. No me tienes insatisfecho, vivir a tu lado fue una felicidad. Pero al verte la cara solo recuerdo mi accidente. Con esto te lo informo, jamás volveré. Me haces sentir abandonado. Te tengo envidia. El choque del autobús, no ha sido fácil de superar, y peor de compartir, no lo puedo compartir contigo, no cuando no estuviste ahí. Lo siento. No se como explicártelo mejor. Hoy me retiro sin rencores. Bueno, se me va el tiempo. Si necesitas que te aclare algo llámame al 0177739227648 (si quieres por cobrar)...

Nos Vemos en el desierto de Wahtely

Ciao
Eugenio Vargas Nieto

Esta científicamente comprobado que soy un imbécil. Como esta carta he impreso cinco, para cinco diferentes mujeres: Eugenia (mi tocaya, duramos 7 meses), Sandra, Hortensia, Roxanna, Lucía y la hermosa María del Sol. Ella fue la primera de todas, mi inspiración, mi musa. El archivo lo salvé bajo el nombre de AMOR (así suelo llamarlas) y lo paso a las computadoras de mis mujeres, cada una en su momento adecuado.

Cuando vivía con Maria del Sol, ella tenia 19 años y yo 16. Ella era actriz y yo dibujante. Ja...Suerte la mía.

A los 7 años robé mi primera casa, y quemé la escuela. A los 14 traté de irme de mojado al otro lado, con 500 pesos en marihuana, y hartos gramos de coca en los bolsillos (si te haz quedado preocupado por mí, no paso nada, no llegue ni a Tijuana). Y así, con todo y mi record histórico de pendejadas, me quiso. No veo razón, ni logro captarlo, no proceso... pero ella si, lo entendía todo.

La diferencia de edades. A la pobrecita la chingaban harto. Pero con mucha honra levantaba mi cara y me besaba frente a todos... Caricias, gestos, dibujos feos, insultos tiernos, competencias insignificantes, burlas a cerca de nuestro futuro, de como viviríamos, entre botella y botella, pacheca y pacheca. Me daba a entender que yo no tenía qué temer, que ella no se iría a ningún lugar sin mí. Y me decía cosas, cosas como “tienes manos grandes” o “dibujas bien”. Le temblaban las rodillas, y yo, escuchaba como chocaban sus huesos, hasta lo mas profundo de mis oídos. Y para que se le fuera el miedo la besaba en el cuello, la nariz y la boca. Esos eran los momentos mas románticos. Y esos son los momentos que recuerdo. Y cuando los recuerdo, dejo a la mujer con la que estoy, la mujer en turno. Ese espacio en mi corazón, es conquistado una vez más, por un fantasma.

Una vez, viajamos juntos en autobús a Puerto Escondido. Ella se regresó antes, tenía el estreno de una obra por la que le pagarían bien, y debía que preparase. Yo, en cambio descansé en una hamaca, con una cuantas coronitas y un churro, por otras 12 horas. Esa noche subí mi mochila a la espalda y me dirigí a la estación. Estrella Blanca. Estaba tan seguro de que volvería a ver a Maria del Sol, pasara lo que pasara, que la tormenta tropical, no me preocupó. Dormí. A las dos de la mañana me despertó el grito del chofer :”Con una chingada, que paso aquí ?!” y frenó el autobús de golpe. Algunos pasajeros se salieron de sus lugares. Asustado volteé a mi izquierda y por la ventana logre distinguir en la obscuridad otro camión (que iba dirigido a la playa) totalmente volteado. Habían personas tiradas en la calle, sangrando, otras llorando. Caras moradas, niños pálidos. Un desastre. Donde jamás hubiera querido estar, estaba. Con dolor y miedo, sin conocer ni una mierda de primeros auxilios. Por lo tanto, no tuve que acercarme a ellos, así que todavía tenía una pequeña oportunidad de dejar la experiencia como algo medio soñado en mi vida, como algo no tan real. Solo deseaba regresar a mi casa, a Maria del Sol, a mi vida de antes, quería salirme de la tele...no me gustan los noticieros.

Pero cuando llegué a casa, ella estaba feliz: su viaje estuvo tranquilo, se veía hermosa, disfrazada de Revolucionaria con un rifle de cartón (que le ayude a hacer con cajetillas de Camel, pintura y diurex). Nunca antes había notado su piel tan morena, su sonrisa tan limpia. Que pasa! Grité dentro de mí con una envidia incontrolable, unas ganas de compartirle lo que me había pasado, hacerla entender que fue horrible. Pero ella no estuvo ahí. Así que cada vez que la veía recordaba esas imágenes tan horrendas y sangrientas, pensando en que yo estaba solo, y eso no se lo podía perdonar. Me fui y le deje esa carta tan estúpida que escribí a ultimo momento. Puta! Ese teléfono ni existía. Seguramente intento llamarme mil veces o hasta fue al desierto a buscarme. O, quizás supo exactamente lo que me pasaba y supo perfectamente bien que nada era cierto. Desde entonces no la he dejado de buscar. Necesito encontrarla. La dejé con mi corazón en sus manos y una carta de retrasados mentales, la abandoné y al hacerlo me abandoné. Señales de vida, necesito señales de vida.

Y pues, caminé por el mundo atascando mi corazón como un cerdo de golosinas de sexo, de mujeres que amaban sin recibir respeto alguno de mi parte, copiando y pegando una y otra vez la carta de despedida para Maria del Sol. Repartiéndola como volantes a mujeres altas, bajas, gueras, morenas, italianas y españolas, algunas mulatas. Nadie como ella.

Cumplí 18. Me llamaron a la guerra. Sí, tuve que matar a mucha gente, y sí, me volví medio loco. El desierto me dejó de gustar, la arena me atontaba, aunque los de la región eran muy amables. Nunca supe que hacia allí, disque por Bandera. Que viva la patria? No entendí ese concepto hasta que volví a casa...y si hubiera podido regresar en el tiempo evitaría tres cosas: Tomar ese camión, dejar a Maria del Sol e ir a esa estúpida guerra.

En esos momentos mi mejor amigo, al que le confiaba todos mis problemas, al que bese una vez, fue muerto en una de esas. Salimos de un arbusto y la bala le tocó a el. No. No me quede ahí para llorar...salí corriendo agradeciendo mi suerte. Me flagelaba, por ese mero instante, instante de alivio, haciéndome heridas muy graves en la espalda, en el brazo. A veces las cortadas empezaban a sangrar, mientras iba en la Micro, rumbo a casa. No cicatrizan, será porque no lo permito. Es que la vida esta cabrona, yo nunca antes había tomado una pistola. Tomado? Tomado alcohol y drogas sí, pero nunca una pistola. Tomarla a ella también. No habían problemas imposibles de solucionar. Encajábamos perfecto, sus labios y los míos. Entiendes? Como un rompecabezas.

Que pendejo fui. Quizá lo deje morir yo, quizá debí advertirle algo antes de ser disparado. Pinche guerra en la que vivo. Aunque he vuelto, aunque tenga 26, aunque ya no viva en un desierto, sigo esperándola. Sigo recordándola, y sosteniéndola, y teniéndola conmigo. Ella ahora debe tener 29. Debe estar mucho mas grande. Quizá un poco más gorda y más tetona. Su cabello lo tendrá...largo? Si, quisiera imaginarme su cabello hasta media espalada. Lindo tamaño.

Un cuate de la pura fuerza me cargo en su hombro a unas pláticas sobre la reencarnación...y poco me ayudó, porque al rato cada lápiz, insecto o animal que veía en mi casa, de pronto se convertía en una señal, una gran coincidencia o de plano a veces en ella. Cuando me encontraba dándole café al sillón, me jalaba los pelos. Pero estoy preparado. Todas las posibilidades están tomadas en cuenta. Cuando la vea...si esta hecha ratón me la llevo en el bolsillo. Si la encuentro como niño la adopto. Pero no, no creo que haya muerto, ni reencarnado en alguien o algo mas. De hecho yo la quiero vivita. Y conmigo. Pero está cabrón.

Dicen que mi apartamento empezó a apestar y que mi comportamiento volvió muy extraño. Me echaron del edificio. Que hago ahora? El conserje me guardaba cariño. A él le daba pena decírmelo, pero se lo pidió el mero mero del lugar. Entiendo. No sabía a donde llevar mis cosas, así que le prometí que volvería por ellas al día siguiente. Si, claro. Es que no debí dejarla, ni debí dejar el refri, la cama, el sillón, ella. Es que no debí dejarla. No debí dejarla. COMO PUDE HACERLO! El llanto del alma es el que más me duele y también los nudos que me tuercen el hígado, que me hacen caer y ver hacia el suelo, el suelo que ella pisó, el suelo donde ella se acostó, el suelo en el que hicimos el amor, el suelo que yo pisé, por ella. Y me desgarro la ropa, pero la ropa que no se ve, la ropa color carne que me cubre las tripas. Me entra la claustrofobia. La amo, la amo. Pero a donde volteo esta vacío, no está ella, sólo su imagen convertida en un ángel mas que camina por su vida rutinaria. La vida, que yo vivo, es una guerra. Suerte tengo de no cargar armas contra el mundo. Mala suerte tengo de cargarlas contra mí. Yo no me quiero matar. No pienso hacerlo tampoco. No puedo arriesgar las oportunidades de volverla a ver. No lo podría hacer. Porque si ella me encuentra mañana tirado en la calle, o ahogado en una tina. Se pondría triste. No le deseo pena, y menos quiero que sea por culpa mía....no habría manera de volverme a matar para castigarme por cometer tal cosa. Que confuso. Es todo muy confuso y solo quiero correr a su lado, acurrucarme bajo su brazo, que ella me diga qué hacer.

Hace poco tuve una pesadilla. De esas que piensas que son de verdad. Abrí mis ojos y estaba ahí...mi amigo. Transparente. Sucio, muerto, pero ahí, justo donde se encuentra mi maceta favorita. Justo donde ya no hay maceta. De plano tiraron mis cosas a la calle. No pasé por ellas en un mes. Si ni siquiera tenía donde ponerme yo. Bien justificado. Hablé bien. Les dije que se consiguieran un buen abogado. Hijos de Puta! Pero más borracho no pude haber estado. Me acosté en una banca, y pasaron los años. Y en una de esas pasó Maria del Sol, mientras yo dormía. Me lo dijo la Doña de las quecas. Dice que pasó junto a mi y se echó a llorar. “Igualita a como me la contastes Eugenio, igualititita.” No se quitó mi arrepentimiento. Las noches las pasaba sentado y con el ojo pelón. Un buen día la Doña me dijo que ella había dejado un teléfono, pero que entre tanta confusión, el papelito lo revolvió con sus cuentas. Ayer que fue con su compadre, el que le ayuda a administrarse...bueno, lo encontró y me lo dio. Lo tenía en mis manos. Me ardió el pecho, me dio miedo. Después de tanto. Tanto tiempo. La llamé. Me contestó una voz muy tierna, voz de una damita de 6 años de edad. Morenita como su madre, ojo claro como su padre.

Maria del Sol y su compañero Jorge no tenían problemas, ni pleitos, ni rutinas. Me dijo que a mi me tenía como un buen recuerdo.. Yo no le creo. Entonces por qué me dejó hablar, y recordar durante trecientos amaneceres y cuatro estaciones? Me invitó a quedarme unos días en su casa. “Mientras encuentras un trabajo y dónde quedarte”. Lupita, su hija, creció. Pasaron los años y terminó la primaria, tenía un novio. Chaparro, tonto, bueno para la cáscara, defensa para ser específicos. Y ahí seguía yo. Mi corazón seguía palpitando fuera de ritmo cada vez que veía a Maria del Sol. Cada vez que bajaba a desayunar con su cabello negro, amarrado en chongo, cada vez que se servía su café y besaba a su marido, cada vez que se ponía de mal humor porque llegaba tarde para dejar a su hija, cada vez que me echaba la culpa a mí. Así que comencé otra vez a dibujar y aprendí a consolarme de esa manera. María, en cambio, lloraba cada noche. Se flajelaba también, y esas heridas que yo tenia en los brazos y en la espalda las tenía ella, pero transparentes, y en el corazón.

Un atardecer, cuando la luz no es buena para manejar, cuando los faros se prenden pero no iluminan, Jorge, su compañero, la dejó. A mí, entre tantos corajes, me echó la culpa otra vez y me corrió de su casa. Una noche fuera. Nada mas. En su banqueta. No la pensaba volver a dejar...nunca. El la dejó por otra, por una mas tetona y guerita. Ja...Pobre ingenuo, si no hay en este mundo mujer mas hermosa que Maria. Maria. Maria. Una noche salió sola, la noche que dormí afuera. Y así frente a todo el vecindario dormido me quitó la ropa. Yo lloraba. Como si me doliera, pero no. Entramos a la casa e hicimos el amor hasta el amanecer. Y de ese momento no me fui jamás. La pinté, en cada cuadro que vendí y que regalé, cada cuadro que colgamos en la sala. La sala no duró mucho, pues nos fuimos a lugares del pasado. A visitar, a recordar, a reírnos de lo que fue y volver a comenzar. Que débil fui hace tantos años.

Habra sido asi?
...
...
Desperté de pronto en un barco, con la barba semicrecida y en medio del mar. El primer paso para encontrarla. Pero noté a todos los marineros muertos. Muertos de amor o de sed, no importa. Yo solo pensaba en Maria del Sol. En su hermosa cara y en aquel sueño. Ya no haría pendejadas, en cuanto la encontrara no cometería estupideces. Luego de un mes hallaron la barca, medio rota y hundida. Yo no estaba ahí. Me regresé nadando. En cuanto vi la orilla me regresé nadando. No le tuve miedo ni a los tiburones, ni a las sirenas, porque en la playa la veía a ella. A lo lejos. Y así como un espejismo de un oasis en el desierto, desapareció. Pero la busqué. Me tardé unos años. Caminé. Corrí. Por los bosques, la selva, el río. Por el mundo. Viaje al norte del planeta, tan norte que los colores se convirtieron en blancos. Pero la encontré. Sola, sin Jorge, ni Lupita. Sola en medio de una plataforma de hielo, a punto de quebrarse, a punto de caer. Sí, llegue a tiempo. De lejos la veía, de lejos me veía. Le tiré una cuerda, así como hubiera hecho un salvavidas en el mar, un yote en el desierto, hongos en el bosque, una madre a su bebé, con el cordón umbilical. La tomé y conmigo se quedó. Me hizo el amor en la nieve.
Los sacos de piel. Aquellos sacos de piel de oso nos cubrían del frío y dificultaban el proceso, el proceso de volver a la realidad para darme cuenta de que todos los años desperdiciados fueron un sueño, un sueño que soñé una noche después de dejar a Maria del Sol. Y la encontré de nuevo. La encontré de nuevo. Joven, así como yo.
Gaby}

1 comentario:

Pandro dijo...

Me encanto mina, neta esta chido! me seguire leyendo los demás. :)